A la hora de comprar calzado para nuestros hijos, ¿qué debemos tener en cuenta?

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Escoger el calzado adecuado para los más pequeños de casa es una decisión mucho más importante de lo que a menudo se piensa, ya que los pies infantiles se encuentran en pleno desarrollo y cualquier error puede influir en su forma de caminar, en su postura e incluso en su comodidad diaria. Durante la infancia, los huesos de los pies aún son flexibles y están en proceso de osificación, por lo que necesitan libertad de movimiento y un entorno que favorezca un crecimiento natural. El calzado no debe ser visto únicamente como un elemento estético o de moda, sino como una herramienta que acompaña y protege ese desarrollo.

Uno de los primeros aspectos para tener en cuenta es el momento vital del niño y es que no es lo mismo elegir zapatos para un bebé que todavía no camina que para un niño que empieza a dar sus primeros pasos o para otro que ya corre y salta con soltura. En las primeras etapas, cuando el bebé no camina, el calzado cumple una función más térmica que estructural, por lo que debe ser muy flexible y suave. Cuando comienzan a caminar, los zapatos deben permitir que el pie se mueva con naturalidad, ofreciendo protección sin rigidez excesiva. A medida que el niño crece y aumenta su actividad física, el calzado debe adaptarse a un mayor desgaste y a diferentes superficies, manteniendo siempre un equilibrio entre sujeción y libertad.

El ajuste correcto es fundamental, puesto que un zapato demasiado pequeño puede comprimir los dedos y provocar molestias o deformaciones, mientras que uno demasiado grande puede generar inestabilidad y aumentar el riesgo de caídas. Es importante comprobar que exista un pequeño margen en la puntera para que los dedos puedan moverse con comodidad, teniendo en cuenta que los pies de los niños crecen con rapidez. Además, conviene revisar el ajuste periódicamente, ya que un calzado que hoy parece adecuado puede quedarse pequeño en pocos meses.

Los materiales también juegan un papel clave en la elección y, en este sentido, los tejidos naturales y transpirables ayudan a mantener el pie seco y cómodo, reduciendo la acumulación de humedad y el riesgo de irritaciones. La suela debe ser flexible y antideslizante, permitiendo que el niño sienta el suelo y mantenga el equilibrio sin resbalar. Una suela excesivamente rígida puede interferir en la forma natural de caminar, mientras que una demasiado blanda puede no ofrecer la protección necesaria frente a impactos.

La forma del zapato debe respetar la anatomía del pie infantil, tal y como nos explican los vendedores de Happynrel, quienes nos apuntan que es preferible que la puntera sea amplia y redondeada, evitando modelos estrechos que obliguen a los dedos a adoptar posiciones forzadas. El contrafuerte del talón debe proporcionar una sujeción suave, sin ser demasiado duro, para ayudar a estabilizar el pie sin limitar su movilidad. Asimismo, los sistemas de cierre, como velcros o cordones elásticos, facilitan un ajuste adecuado y fomentan la autonomía del niño al ponerse y quitarse los zapatos.

¿Con qué frecuencia debemos cambiar la talla del calzado de los niños?

Aunque no existe una regla exacta que sirva para todos los niños, sí es posible establecer unas pautas bastante claras sobre cada cuánto tiempo debería revisarse y cambiarse la talla del calzado infantil. En términos generales, los pies de los niños crecen más rápido de lo que muchos adultos imaginan, y este crecimiento no siempre es uniforme ni evidente a simple vista. Por eso, esperar a que el niño se queje o a que el zapato esté visiblemente pequeño suele ser llegar tarde.

Durante los primeros años de vida, especialmente entre el primer año y los tres, lo razonable es asumir que la talla puede quedarse pequeña en apenas dos o tres meses. En esta etapa, el pie puede crecer alrededor de medio centímetro en muy poco tiempo, y como muchos niños aún no saben expresar bien las molestias, es responsabilidad del adulto comprobar el ajuste de forma regular. En la práctica, esto significa revisar la talla al menos cada dos meses y no sorprenderse si hay que cambiar de zapatos tres o incluso cuatro veces al año.

Entre los tres y los seis años el ritmo de crecimiento se ralentiza ligeramente, pero sigue siendo considerable. Aquí lo más sensato es revisar el calzado cada tres o cuatro meses y asumir que, como norma general, habrá que cambiar de talla cada cuatro o cinco meses. Muchos niños pasan gran parte del día activos, corriendo y saltando, por lo que un zapato justo no solo resulta incómodo, sino que puede afectar a su forma de pisar y a su postura. En esta etapa, confiar en que “todavía aguanta un poco más” suele ser un error bastante común.

A partir de los seis o siete años, el crecimiento del pie suele ser más progresivo, pero no por ello se debe bajar la guardia. Lo recomendable es comprobar la talla cada cinco o seis meses y prever un cambio de calzado aproximadamente cada seis u ocho meses. Incluso en niños más mayores, los estirones repentinos pueden hacer que un zapato quede pequeño casi de la noche a la mañana, especialmente en periodos de crecimiento rápido.

Una referencia clara para saber si ha llegado el momento de cambiar de talla es dejar un margen aproximado de entre 8 y 12 milímetros en la puntera. Menos espacio indica que el zapato está justo; más espacio puede comprometer la estabilidad. Comprar siempre una talla más grande no es una buena solución, ya que un calzado excesivamente grande también altera la pisada y aumenta el riesgo de caídas.

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