Onicofagia infantil: por qué algunos niños se muerden las uñas y cuándo intervenir

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La onicofagia, nombre médico que recibe el hábito de morderse las uñas, es una conducta relativamente frecuente durante la infancia. Suele aparecer entre los tres y los seis años, alcanza su mayor incidencia en la preadolescencia y, aunque muchos niños la abandonan de forma espontánea, en otros puede mantenerse durante la adolescencia e incluso la edad adulta si no se corrige.

No existe una única causa que explique este comportamiento y en la mayoría de los casos intervienen varios factores a la vez. El estrés y la ansiedad son los desencadenantes más habituales, ya que morderse las uñas actúa como una conducta repetitiva que ayuda a aliviar la tensión de forma momentánea. También puede aparecer por aburrimiento, durante actividades que requieren concentración o espera, como estudiar, ver la televisión o hacer los deberes. En algunos niños influye además la imitación de familiares o personas de su entorno que presentan el mismo hábito.

Precisamente porque suele realizarse de forma automática, la onicofagia no desaparece simplemente con regaños o recordatorios constantes. El niño, en muchas ocasiones, ni siquiera es consciente de que se está mordiendo las uñas cuando lo hace.

Aunque a menudo se considera una costumbre sin importancia, mantener este hábito durante mucho tiempo puede tener consecuencias. Además del deterioro de las uñas y de la piel que las rodea, aumenta el riesgo de pequeñas infecciones y puede afectar a la salud bucodental, especialmente cuando la presión sobre los dientes y las encías se repite durante años. Por eso, cuando la conducta es muy frecuente o provoca lesiones, hay que valorar qué hay detrás del hábito y buscar estrategias para corregirlo de forma progresiva.

Lo que le pasa a los dientes

Aquí es donde el hábito deja de ser una cuestión meramente estética o de modales y se convierte en un problema de salud que requiere atención. Los profesionales de Clínica Dental La Merced, explican que los dientes sufren mucho con este gesto ya que es una presión constante y repetitiva que acaba pasando factura a la salud de la boca sin que apenas se note. El daño que produce no es inmediato sino acumulativo. Al morder las uñas, los dientes chocan entre sí de una forma para la que no están preparados. Ese roce continuo provoca pequeñas fisuras y astillamientos en los bordes de los dientes frontales, que son los que más trabajan en este hábito. Con el tiempo, el esmalte se desgasta y los dientes pueden volverse más sensibles o incluso verse más cortos y desiguales. En niños cuyos dientes permanentes están todavía terminando de formarse y de erupcionar, ese desgaste tiene consecuencias que pueden acompañarles durante toda la vida.

Si el niño está en tratamiento de ortodoncia, el problema se multiplica: la presión que ejerce morderse las uñas interfiere directamente con los movimientos que los brackets o los alineadores están intentando conseguir, alargando el tiempo de tratamiento y complicando los resultados.

El problema de las bacterias

Más allá del daño mecánico sobre los dientes, hay otro aspecto que los padres suelen pasar por alto: las manos son una de las partes del cuerpo que más bacterias acumula a lo largo del día. Teclados, pomos de puerta, dinero, superficies públicas de todo tipo: las manos de un niño en edad escolar están en contacto con un número enorme de microorganismos a lo largo de la jornada. Cuando ese niño se lleva los dedos a la boca para morderse las uñas, todas esas bacterias pasan directamente a la cavidad oral.

El resultado puede ser un aumento peligroso de las infecciones bucales: llagas, aftas, irritaciones de encías que en niños con el hábito muy arraigado se convierten en algo casi crónico. Pero el problema no termina ahí: las bacterias también pueden afectar a la zona periungueal, la piel que rodea la uña, causando infecciones locales que en algunos casos requieren tratamiento médico.

En épocas de mayor circulación de virus, como el invierno o los periodos de vuelta al cole, este camino directo desde las superficies públicas hasta la boca es especialmente problemático. Enseñar a los niños a no llevarse las manos a la boca es parte de la higiene básica, y la onicofagia va exactamente en la dirección contraria.

Cómo puede afectar a la mandíbula

Sí, la onicofagia también puede repercutir en la mandíbula. El motivo es que morderse las uñas obliga a realizar de forma repetida movimientos y fuerzas que no forman parte de la función normal de la masticación. La articulación temporomandibular (ATM), encargada de unir la mandíbula con el cráneo y permitir movimientos como abrir, cerrar o desplazar la boca, puede verse sometida a una sobrecarga cuando este hábito se mantiene durante mucho tiempo. Como consecuencia, algunos niños pueden presentar molestias en la mandíbula, chasquidos al abrir o cerrar la boca, sensación de cansancio al masticar o incluso dolores de cabeza relacionados con la musculatura de la cara.

En los casos más persistentes, especialmente si la onicofagia se combina con otros hábitos como apretar o rechinar los dientes, también pueden aparecer alteraciones en la mordida o agravarse problemas que ya existían. Por eso, cuando el hábito es intenso y prolongado, no solo conviene vigilar el estado de las uñas, sino también consultar con el odontólogo si aparecen molestias en la mandíbula o cambios en la forma de morder.

Cómo afecta emocionalmente

Los problemas vinculados con este hábito no afectan solamente a la perspectiva física. También está el impacto emocional. Como veníamos diciendo, los niños que se muerden las uñas de forma compulsiva suelen hacerlo en momentos de ansiedad o tensión, lo que significa que el hábito está cumpliendo una función regulatoria. Eliminarlo sin abordar la causa que lo origina puede ser frustrante tanto para el niño como para los padres, y puede llevar a que el niño encuentre otro hábito sustitutivo igualmente problemático.

Al mismo tiempo, los niños que tienen las uñas en mal estado pueden experimentar vergüenza o comentarios de otros niños que afectan a su autoestima. Y las correcciones constantes de los adultos, aunque bien intencionadas, pueden generar más tensión, que es precisamente lo que alimenta el hábito.

Entender esta dimensión emocional no significa ignorar las consecuencias físicas ni dejar que el hábito siga sin abordarlo. Significa que la estrategia para eliminarlo tiene que contemplar no solo el comportamiento visible sino también lo que hay detrás.

Estrategias que funcionan

Existe un conjunto de estrategias para abordar la onicofagia en niños que tienen respaldo en la práctica clínica y que funcionan verdaderamente mejor que el regaño o la prohibición directa.

La primera y más importante es la consciencia sin juicio. Muchos niños se muerden las uñas de forma completamente automática, sin darse cuenta de que lo están haciendo. Ayudarles a tomar conciencia del momento en que ocurre, sin dramatismo ni castigo, es el primer paso para que puedan empezar a interrumpirlo. Identificar los desencadenantes es el paso siguiente. ¿Cuándo ocurre más? ¿Delante de la televisión? ¿Haciendo los deberes? ¿Cuando está nervioso por algo concreto? Esa información permite actuar sobre la causa y no solo sobre el síntoma.

Ofrecer alternativas es una estrategia muy efectiva en niños pequeños. Tener cerca algo que pueda manipularse con las manos, como un pequeño objeto antiestrés, puede proporcionar la misma regulación sensorial que el hábito sin las consecuencias físicas.

El esmalte de uñas con sabor amargo es una ayuda auxiliar que puede ser útil en niños mayores que ya tienen consciencia del hábito y quieren eliminarlo pero les cuesta controlarse. No es una solución por sí sola pero puede servir como recordatorio en el momento en que el gesto ocurre de forma automática.

Mantener las uñas bien cortadas y cuidadas reduce el estímulo disponible y hace que sea físicamente más difícil practicar el hábito. Algunos padres lo convierten en un ritual positivo: cortarse y limarse las uñas juntos, con la narrativa de que unas uñas bonitas merecen cuidado.

Cuando el hábito es muy intenso, persiste durante mucho tiempo o va acompañado de otros indicadores de ansiedad, la consulta con un psicólogo infantil puede ser el paso más efectivo. No porque haya nada grave sino porque un profesional puede ayudar tanto al niño como a los padres a entender qué hay detrás y a trabajarlo de forma adecuada.

Un hábito que merece atención, no alarmismo

En la mayoría de los casos, la onicofagia infantil es un hábito pasajero. Muchos niños dejan de morderse las uñas a medida que crecen, especialmente cuando desaparecen los factores que lo desencadenan o aprenden otras formas de gestionar el estrés o el aburrimiento. En estas situaciones suele ser más útil reforzar los avances y mantener una actitud paciente que recurrir a castigos o llamadas de atención constantes.

No obstante, hay circunstancias en las que conviene pedir la valoración de un profesional. Es recomendable consultar si el niño se provoca heridas frecuentes o infecciones alrededor de las uñas, si el hábito es tan intenso que llega a producir dolor o sangrado, si afecta a los dientes o a la mandíbula, o si continúa durante años sin mostrar signos de mejoría. También requiere atención cuando aparece junto a otros comportamientos repetitivos, como morderse los labios o el interior de las mejillas, arrancarse el pelo o rascarse la piel de forma compulsiva, ya que puede ser conveniente valorar si existe algún factor emocional que esté favoreciendo estas conductas.

Como explica la Asociación Española de Pediatría, los hábitos orales repetitivos forman parte de las consultas habituales tanto en pediatría como en odontología infantil. Detectarlos a tiempo y actuar cuando empiezan a generar lesiones o interferir en el bienestar del niño permite evitar complicaciones y facilita que el abandono del hábito sea más sencillo que cuando se prolonga durante muchos años. De hecho, el pediatra suele ser el primer profesional al que acudir, ya que puede valorar la situación de forma global y determinar si es necesario realizar algún seguimiento o derivar a otro especialista. Por su parte, el dentista puede comprobar si el hábito ha provocado desgaste en los dientes, pequeñas fracturas, alteraciones en la mordida o molestias en la articulación temporomandibular, además de ofrecer pautas para minimizar sus consecuencias sobre la salud bucodental.

La onicofagia forma parte de esos hábitos infantiles que muchas veces pasan desapercibidos porque son muy comunes. Sin embargo, que sea frecuente no significa que deba ignorarse cuando empieza a provocar lesiones, molestias o repercusiones sobre la salud bucodental. Observar cuándo aparece, identificar qué situaciones la desencadenan y actuar de forma temprana suele ser más eficaz que esperar a que desaparezca por sí sola. Crear rutinas, reducir los factores de estrés cuando sea posible y reforzar los avances suele ofrecer mejores resultados que los castigos o los reproches, que a menudo aumentan la ansiedad y hacen que el hábito se mantenga.

 

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